Un Tindaya faraónico
Rafael Castellano
Maverick Press
Los últimos años de Eduardo Chillida transcurrieron en el tenebroso túnel de la demencia presenil que se define como síndrome de Alzheimer. Se trata de una angustiosa enfermedad mental carente de tratamiento específico que daña la memoria y la cognición (“a veces no reconoce a sus hijos o nietos” me refirió un pintor eibarrés muy próximo al ejercicio tan chillidiano del aguafuerte). Consiste el alzheimer en un envejecimiento prematuro del cerebro, de comienzos insidiosos, que puede tener lugar hacia la quinta o sexta décadas de la vida. Su exacerbación es gradual y lenta. El deterioro intelectual aumenta, progresivo, con perturbaciones del pensamiento, la memoria o el juicio práctico. No pretendo ensañarme, aviso. En la autopsia se revela la contracción de todas las circunvoluciones. Al microscopio se advierte un proceso degenerativo celular, causa de la afasia y apraxia. También se agregan “placas seniles” de materia amorfa en el cerebro y otros traumas degenerativos que concluyen con la muerte. Aunque lamentable, es preciso desmenuzar de forma rudimentaria la causa del fallecimiento del autor del Peine de los Vientos, el Elogio del Horizonte, el Lugar de Encuentros de la Castellana de Madrid y mucha más obra. Exhaustiva. Omnipresente en todo el mundo. La hay hasta en Hollywood, San Francisco, San Diego, la Jolla, gracias a su ‘manager’ en la zona, el expelotari Tasende, alias “Nervión”.
Dispone de marchantes en todo el orbe y quienes ahora van a regentar su obra, galeristas, parientes próximos, transaccionistas, expertos, críticos, comisarios y demás equipo tienen tarea para rato. Ahórrense los responsos.
Como se supondrá, ya existe la Asociación de Familias de Enfermos de Alzheimer; familias en uno de cuyos miembros recae tan terrible discapacidad. Mi tío Antonio era la persona más honrada y bonachona del mundo, y todo el mundo sabía que sufría de alzheimer, y que mi tía Maruja, su esposa, estaba pasando un calvario tremebundo. Pero mi tío Antonio sólo era telegrafista retirado y, en fin, las consecuencias sólo eran lamentablemente humanas.
Sin embargo, si se trata de un creativo celebérrimo, celebrado, agasajado, premiado, casi deificado, se crea el tabú. Este dato que encabeza, el alzheimer de Chillida, se publicó en exclusiva, dulcificado y sin grandes destaques ni despieces, en la desaparecida revista “Ardi Beltza”. Nadie se hizo eco. Ahora se cumple el aniversario de la defunción de Chillida y quien esto redacta ha intentado desbrozar todo el papeleo mediático referido al respecto, con cierto olor a incienso por cierto; y nada, sigue siendo yúyu.
Nadie relata ni deja caer el diagnóstico concreto de las dos muertes de Chillida. Una por la enfermedad inhabilitante citada, hará de ello una década o quizá más: fue la muerte del creativo; y la física, la llamada natural o paro cardíaco que lo llevó a su sepulcro de Chillida Leku en Zabalaga, Hernani, hoy lugar mágico de esparcimiento y evasión para quien allí deambulea.
Pese a todo, el Tindaya
Se me viene a las mientes un caso similar e histórico dentro de la leyenda de los grandes fósiles del Arte. El de un tal Michelangelo Buonarotti, Miguel Angel, cuyas cervicales torturaron sus últimos trabajos. Trazos de Buonarotti en la Capilla Sixtina, en lo alto de la bóveda, los realizó el renacentista con la nuca rígida, tumbado en un andamio boca arriba. No es vergonzante: es heroico. Hasta puede que se exagerara y mitificara en una época en que los Papas y reyes contraían el ‘haut mal’ (purgaciones) y se hacían públicas, y se les enviaban condolencias. Hoy en día el alzheimer viene a ser, en más grave, una diabetes o un parkinson. La causa última de que se silencie masivamente nos incita a pensar en latín, ‘qui prodest?’ ¿A quién beneficia? No sin reflexionar que un gestual abstracto como De Kooning, creador de la Escuela de Chicago, expresionista feroz y obsesionado con la anatomía femenina, precede a Chillida en los artistas de renombre aquejados del incurable mal de alzheimer. En sus últimos días, a De Kooning se le sentaba frente a un lienzo con brochas y pigmentos y se le dejaba manchar a su bola. Chillida, ay, es la antítesis: la estructura.
Quizás ocurra que hay dolencias y condolencias, y que algunas arrastren consigo el fetiche. Me hiere los dedos plasmarlo, pero el fallecimiento de Chillida debía por fuerza responder a unos cánones de márketing preestablecidos: una agonía espiritual; un tránsito teresiano, jerónimo. Y debía, de eso que no faltara, seguir exponiendo después de morir. Pero sobre todo, en contra de una opinión masiva ante todo canaria y después pública sin trasfondo obligatorio de ecología, la parca no podía eximirle de llevar a cabo trabajos faraónicos, de semidiós, como la famosa perforación del Tindaya. Y el alzheimer de un intelectual (que lo era) pone en duda esa intelectualidad y la condición fundamentalmente estética, sin intereses fraguados a sus espaldas, que constituye la coartada del proyecto-Tindaya.
El hombre que murió dos veces ya no puede firmar su pirámide isleña. No obstante lo cual, tanto como se calla la enfermedad letal que nos dejó sin Chillida, sus herederos y el apoderado del legado chillidiano en el IVAM de Valencia, Kosme de Barañano, afirman que seguirán en el empeño y que “en este momento está en la fase geológica del asunto”. ¿Sólo geológica? Pues será un chillida sin Chillida, ajeno a Chillida y plagado de polémicas, dudas, iras y desasosiegos. Ahora se trata de investigar si un Eduardo Chillida sano y lúcido concibió “aunar poesía y naturaleza”, pleonasmo que se cae de su base, o si fue después de los primeros síntomas. ‘In dubio pro reo’. Pero ese silencio en torno al alzheimer ya cobra visos de ‘omertà’.
Para colmo, Kosme de Barañano busca chivo expiatorio y, en el diario vasco “Deia”se queja ante los informadores –y éstos lo reproducen– que “esta investigación [geológica] tenía que haberse hecho antes de suscitar la polémica a través de los medios de comunicación”. Me deja perplejo tamaña insensatez. Es la apología de los hechos consumados y del fomento de obras públicas no expuestas a la opinión ciudadana.
Con o sin Chillida, le harán la biopsia al Tindaya desdeñando la intuición colectiva de quienes aman la estructura caprichosa de la naturaleza aludida sin aditamentos ni ortopedias. Recuérdese que Ibarrola pintó un monte ajeno sin permiso del agricultor, y buena se armó cuando éste taló sus troncos sin extasiarse ante su aspecto ya sublime. Cosme Barañano asevera que el proyecto-Tindaya es posible sin disponer aún del informe geológico y sin darse cuenta de que la chusma insensible no comprende que se le pueda entregar así como así un accidente geográfico a una Fundación Artística. Ahora que el personal empieza ya a respetar las estalactitas, de lo menos que puede tachársele es de mal ejemplo.
Un esteta debería juzgar que la montaña es bella por ser montaña. Lo del vacío interior como ‘memento homo’ u ‘omnes vulnerant, ultima necat’ son adornos postmortem y patafísicos que a saber qué tramas endoturísticas empañan. Nos hallamos en pleno megalítico del sector terciario y, visto Bilbao, todos quieren un Guggenheim que les saque de la estrechez.
Mucho menos va a encajar la ciudadanía que se ejecute el proyecto de un artista que, digámoslo alto y fuerte, porque humillante no es, fue a fallecer por un proceso irrevocable y muy largo de la enfermedad de Alzheimer. Que incapacita y produce brotes paranoides. Personalmente, ya tengo bastante con haber visitado el Valle de los Caídos. El Guadarrama descompuesto. Debo confesar, a fuer de sincero, que la analogía entre ambas megalomanías, Cuelgamuros y Tindaya socavado, surge casi por reflejo y sin animadversión previa.
Plusvalía macabra
La única persona que se aproximó a dejar en el aire, muy sutil, la idea del parkingson de Chillida el criminólogo y jesuita Antonio Beristain. Otro metafísico. En Zabalaga, o Chillida- Leku, el museo-Chillida para entendernos, empezó por afirmar que la obra de este autor era “perfecta”. Luego se contradice. “No puede quedar como un fósil, como algo terminado”. Lo compara con Cervantes y casi salta la liebre: “Como él, no sabía el todo ni el por qué de su obra”. Hay que ver lo que traiciona la lengua. Lo remató: “Nuestra misión es descubrir todo lo que Chillida enriqueció sin saberlo”. Faltó un pelo.
Nadie ignora que, macabra plusvalía, las ptomaínas favorecen el alza de los precios.
Sabemos por experiencia que cuando un divo de las musas cae bajo la guadaña de Hécate, la cotización de su obra, la que sea, experimenta una subida de tarifas escasamente misericordiosa. La palabra marchante tiene raíces absolutamente mercantiles y sabido es que no hay muerto malo. Vayamos a los precedentes, a la chispa que encendió este fenómeno del alzheimer de Eduardo como secreto de estado que roza aún lo palaciego.
“Peor que si estuviese muerto”
Este reportero recorría el recinto de la Feria “ARCO-99″ cuando se vio ante el ’stand’ de la Galerie Lelong, París, con sucursal en Nueva York. Lelong posee, después de Telefónica, una de las más variadas colecciones de chillidas prealzheiméricos. Me vi ante un murete de, pongamos, 2×1 metros de altura, en terracotas ocres y negras engarzadas cuyo mayor mérito residía en que ¡no parecía un Eduardo Chillida! Se salía de la norma. Solicité de M. Lelong, cosa de contrastar los precios del año anterior, que me dijese el del mínimo muro de terracota. “63.000 euros”. Había obra de Tàpies por allí cerca, más trabajada, de mayor envergadura, menos monástica. “¿Cuánto es el Tàpies?”. M. Lelong consulta una libreta. “¿Este? Sale por 56.000″. Un Tàpies tan atractivo y tan por debajo en cuanto a costo resultaba sospechosísimo.
Carecía de lógica y de criterio. Tras otro merodeo, regresé donde el receptivo marchante parisino y me dispuse a fotografiar murete-Chillida y mural-Tàpies. “¿Esa obra gráfica?”, le pregunté a Lelong: “En pesetas, millón y medio”. Eran grabados chillidianos de su estilo inconfundible y relativamente baja tirada. Aún así, en el Día de la Prensa, Profesionales y Coleccionistas, varios de estos últimos se quejaron sin disimulo de las tarifas (no del valor) de los grabados del de Hernani. En “Estampa”, otro tanto. Sigamos en “Arco-99″ con M. Lelong.
“¿Y esos de Saura?” Los grandes comerciantes y traficantes en arte de ARCO suelen ser rígidos y bordes con los preguntones. Pero como los modos y modas gringos imperan, yo llevaba prendida en la chupa una etiqueta plastificada con el nombre del medio que me enviaba, un medio vasco. “Hay sauras desde 6.000″.
Y comenzó la charla, los antecedentes futbolísticos de Chillida en la Real, como guardameta . Y así como si viniera a cuento, se pone serio, lúgubre: “Sabez vous qu’il est très malade?” Repliqué haciéndome el longuis que había oído que se resentía de la lesión que le retiró de debajo de los palos y lo introdujo de lleno en las artes plásticas. “Non, non!!”, y M. Lelong realiza el signo universal del índice en la sien. “Alzheimer! Il est malade d’Alzheimer!! ” Chillida estaba como muerto en vida, ergo cotizaba más. Macabra plusvalía, sí.
Era el puntazo; pero sin confirmar. Me dirigí a un artista vasco, un entendido, uno de quienes estaban en el secreto y se guardaban de propalarlo como si de una maldición de la momia se tratase. Porque me lo explicó en un susurro, allí, en un recinto donde el hormiguero humano retemblaba. “Es que es peor que si estuviese muerto, ¿comprendes? Imagínate que se quedara manco, como su hijo” (un hijo de Chillida perdió un brazo en accidente de moto y ha habilitado, tiene enorme mérito, el izquierdo para pintar telas muy dignas e íntimas ). “Podría dirigir, construir, elaborar verbalmente. La familia Chillida es un colectivo capaz de materializar chillidas orales. Pero esto es distinto, es más grave”. “Excepto para los galeristas”. “Así es. Y se veía venir por su introspección, sus depresiones y porque uno de los signos del alzheimer es la vulnerabilidad ante las intoxicaciones: en Menorca le sentó mal un marisco y un médico allí presente empezó a preguntarse cosas”.
Así quedó lanzada la primera piedra al estanque, con el alzheimer de Chillida ya tan avanzado que no hablaba por la radio y en la TV aparecía rígido y con la sonrisa pálida de la sedación. Ya se explicaba la imagen de reconciliación con Oteiza, su involuntaria rigidez contrastando con el abrazo del oso de Orio. Chillida no imitó a Oteiza, sino que ambos plagiaban a Moore a su aire y, claro, sus obras terminaron pareciéndose. “A veces tienen, los enfermos de Alzheimer, reacciones bruscas”, observó uno de los doctores consultados para verificar el estruendoso rumor. “No hay tratamiento, sólo administrarles calmantes”, indicó otro médico muy próximo al escultor hoy difunto.
Un amigo íntimo suyo, antiguo galerista, artista plástico a su vez, fue testigo de la lamentable paradoja de que una personalidad tan dinámica como mística y tan universalmente célebre llevase una cadenilla con su identificación: “Mi nombre es Eduardo, vivo en…” Para cuando salía a pasear por los aledaños de Igeldo y Ondarreta. Por si se perdía en el laberinto de sí mismo. El último psiquiatra que me comentó el asunto se volvió a la enfermera y dijo: “Es curioso, lo sabía todo el mundo y sólo lo decían sus sobrinos”. Pero no se publicaba. Estando aún en vida, puede explicarse.
Ahora que ha pasado un año se sigue obviando la causa de su muerte prematura, se manipulan los proyectos inacabados para el túnel del Tindaya, se amenaza con concluir lo inconcluso y se olvida que lo que los artistas dejan en herencia es lo enclavado o archivado. Nadie puede rubricar la intención plástica de otro. Quedan el ejemplo, las tendencias, las líneas maestras. Por decirlo de forma musical, la Décima de Beethoven es la Primera de Brahms. Y a nadie se le ocultaba que aquél sufría de sordera y tenía el hígado como un corcho. Una cosa es eludir el morbo, evitar el amarillismo cruel, y otra la demonización del mal de Alzheimer o demencia presenil por medio del silencio, y todo ello al cumplirse un año de la muerte de un creativo que lo soportó como pudo y sin que muchas personas ajenas a los corrillos del arte comprendiesen por qué su señora, Pilar Belzunce, hablaba por él ante los micros, por qué rechazaba interviús imposibles en vis a vis y sobre todo el por qué de aquella expresión suya tan inexpresiva, tan de foto de carnet de DNI. De DNI anónimo.
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